Un tranquilo lugar de Pruebas

domingo, 20 de septiembre de 2015

Historias de ascensor. La buena «estudianta»

Fan Art - Pippi by BlankEye

Hoy regreso de trabajar a una hora decente, tanto que me encuentro delante del ascensor a un grupito de jóvenes, exactamente un chico y dos chicas.

Una de ellas, la que parece llevar la voz cantante dentro del reducido grupo, viste unos apretados leggins, ya sabéis, esos pantalones elásticos y muy ajustados que quedan tan apretados al cuerpo de las mujeres que hay hombres que pierden el sentido con su sola presencia. Pero perdonar, no quería «legginizar» el relato. La chica en cuestión posee dos graciosas y estilizadas coletas que caen graciosas por detrás de sus orejas, y una curiosa «gafapasta» de múltiples colores se mantiene imperturbable en su cara, una asimétrica camiseta de solo un tirante en el hombro es su indumentaria final. Su atuendo tiene cierto parecido al de aquel famoso personaje de televisión: «Pipi Lamstrung».

—¿Sabéis? —anuncia nuestra particular Pipi Lamstrung—. Pues el Manolo, el «profe» de gramática, «ma» vuelto a suspender.

«No me extraña, coletas de oro», pienso mientras enciendo el bloc de notas de mi móvil. Mis aguzados sentidos blogueros se han disparado, intuyo una prometedora historia de ascensor en cuanto huelo el ambiente cargado, denso, tan humano de estos pequeños cubículos llamados ascensores. ¡ Presto Oreja avizor!

—Pues sí —Continua la adolescente, a la que cariñosamente, a partir de ahora en adelante denominaremos «Pipi»—, es que me tiene manía el Manolo.

«La eterna maldición de la manía». Es muy antiguo ese epítome. Ya desde la escuela griega, que las malas notas de los alumnos eran atribuibles a la enquistada «manía» de algunos profesores para con sus alumnos.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunta la amiga en tono consternado, pues la posibilidad de suspender una asignatura encierra ciertos horrores innombrables.

—Lo tienes crudo —replica el chico—, el Manolo es un hueso duro de roer. Ya puedes ponerte a estudiar como loca.

—Pues no, listillo —replica triunfal Pippi con una sonrisa en el rostro—, me he «enrollado» con «El Jose». Somos novios.

Tanto el chico como la chica se miran extrañados.

—¿Qué Jose? —pregunta el chico al parecer molestamente extrañado.

—¿El melenas, el gordo o... —duda la amiga en continuar la pregunta— ... o el otro Jose?

Pippi ríe pícaramente.

—El otro Jose. ¡ Jajaja ¡—Su risa inunda el pequeño ascensor. Mientras yo tranquilamente, en una esquina del ascensor, sigo tomando notas sin saber a qué Jose se refieren.

—No jodas, tía. ¿«El Jose»? El hijo de Manolo el profesor... —la amiga posee la cara de desconcierto propia de un loco.

—¿Estás saliendo con el hijo del profe? —replica el chico claramente consternado.

—Si —contesta sonriente Pippi—. De esa manera espero aprobar gramática. Los hijos de los profes nunca suspenden. Y sus amigos tampoco.

«Esta leyenda urbana es nueva».

Los dos amigos, la chica y el chico, se miran alucinando, aún intentan asimilar la información recibida, que al parecer no acaba de cuadrar dentro de sus limitados planes para aprobar una asignatura.

—Y entonces, ¿funcionó?, ¿aprobaste? —pregunta la chica.

El chico observa a Pipi embelesado, y con mi superoído le oigo mascullar «¿El Jose?,¿El Jose?"», repitiendo consternado esa frase en un tono de afectada incredulidad.

—Pues... no —responde Pipi sin eliminar su sonrisa de la boca—. Ahora Manolo nos ha «cateado» a los dos.

—¿Os ha suspendido? Que c@br@#n —replica la amiga indignada—. Pero si «El Jose» es muy listo, ¿por qué le ha suspendido?

—A mí por mi mala gramática, y a «El Jose» por salir conmigo.

El chico no dice nada. Sigue consternado, algún oscuro pensamiento ofusca su mente, me es difícil captar su estado de ánimo, sus gestos son difusos.

—Bueno —replica la amiga con convicción—. No hay mal que por bien no venga. Ahora dejarás a «El Jose», ¿verdad? Es más feo que pegar a un padre.

—Pues... —Pippi duda—. Es que le he cogido cariño. Es tan mono.

La amiga se lleva las manos a la cabeza, la incredulidad da paso a un estupor creciente.

El chico sigue mascullando por lo bajo, esta visiblemente preocupado, creo que empiezo a intuir el motivo.

Las puertas del ascensor se abren. Pipi sigue sonriendo, ajena al suspenso en gramática, ajena al rechazo de su amiga, y ajena al secreto dolor de su amigo.

Ahora Pipi, elucubro, sólo piensa en «El Jose».

Yo pienso: «Lo que ha unido el suspenso que no lo aprueben los hombres». ^^

«Sólo existe el amor»

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

6 comentarios :

  1. jejejeje me mondo contigo y tus relatos de ascensor jejejeje y tu hay pegado con las antenas puestas tomando nota de todo jejeje muy bueno me he reido muchisimo jejeje

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  2. jajajaaj te matooooooo jijijiji que vieja del visillo eres!!!!!!

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  3. El Jose es sin duda el gran triunfador de esta historia.

    Me encanta lo de convertir en verbo los leggins ;P

    Saludos

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  4. La enseñanza de hoy es que se puede amar obviando el aspecto físico. Pipi la va a pasar bien, ya que siendo El jose hijo del profe de gramática, va a enseñarle él el buen uso de la lengua.
    Saludos.

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  5. Ya veo que te inspiran los ascensores. En el de mi edificio lo tendrías difícil pues apaenas caben dos personas y un perro mediano. Cuando oigo la palabra "leggins" no puedo evitar recordar aquel chiste del instituto: "Me he comprado unos leggins" "¡Qué marca?" Aún me parto y es que mi sentido del humor es algo primario. Lo que sí es cierto es esa leyenda urbana de que los hijos de profesores nunca suspenden, curioso.
    Saludos!
    Borgo.

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  6. Muchos decíamos que el maestro nos tenía manía, pero en realidad éramos nosotros quienes les teníamos manía a las matemáticas. Bueno, en realidad era un odio reciproco.

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